Al levantarse del pasto Nihja se asoma a ver en medio de la calle un par de pequeños hombres vestidos extrañamente de niños, los dos juntos uno al lado del otro sin hacer nada ni hablar palabra alguna solo cierran sus ojos y por sus mejillas avejentadas lágrimas de sangre recorren sus rostros, se voltean y caminan al mismo tiempo y se van por medio de la calle. Nihja sorprendida, pero no asustada, no comprende lo que acaba de ver delante de ella, mira a su alrededor y todo parece estar como una noche cualquiera y mira la ventana de su casa, con la silueta de sus padres aún en señal de discusión y decide ir tras los pequeños hombrecillos que aún siguen caminando a paso rápido, pero aún así son bastante lentos como para perderlos.
“Ni”, llama a su perro Rudolff para que la acompañe. Caminan por la calle y las luces fluorescentes de los faroles dejan ver con claridad las nieblas que se van espesando a medida que se acercan a los hombrecillos, que cada vez pareciese que caminan aún más rápido.